30 años del Sistema de Riesgos del Trabajo: de reparar el daño a construir prevención

En julio de 2026, el Sistema de Riesgos del Trabajo argentino cumplió 30 años. Se trata de una fecha que invita a repasar el camino recorrido, pero también a preguntarnos cómo deberá evolucionar la prevención frente a las nuevas formas de trabajar, producir y gestionar las organizaciones.

La entrada en vigencia de la Ley 24.557, el 1 de julio de 1996, representó un cambio significativo en la manera de abordar los accidentes de trabajo y las enfermedades profesionales en nuestro país.

Hasta ese momento, el modelo se encontraba principalmente enfocado en reparar económicamente el daño una vez ocurrido. Con la creación del nuevo sistema comenzó a consolidarse una mirada más amplia: además de reparar, era necesario prevenir.

Treinta años después, ese principio continúa siendo uno de los mayores desafíos de nuestra actividad.

Equipo de trabajo en una planta industrial en una nota sobre el Sistema de Riesgos del Trabajo

Antes de 1996: un sistema centrado en la reparación

Los primeros antecedentes de protección frente a los riesgos laborales en Argentina se remontan a 1915, con la sanción de la Ley 9.688.

Esta norma estableció un régimen especial para cubrir los accidentes de trabajo y las enfermedades profesionales. Sin embargo, se basaba en la responsabilidad individual del empleador y estaba orientada principalmente a compensar las consecuencias del daño producido.

Durante décadas, el sistema atravesó diferentes modificaciones para adaptarse a los cambios políticos, económicos, jurídicos y sociales del país. Pero su lógica central continuaba siendo reactiva: el accidente ocurría y, a partir de allí, se ponían en marcha los mecanismos de reparación.

La prevención todavía no ocupaba el lugar central que tiene —o debería tener— en la actualidad.

1996: un cambio de paradigma

Con la entrada en vigencia de la Ley 24.557 se creó el actual Sistema de Riesgos del Trabajo, incorporado como un subsistema de la seguridad social.

También se estableció una autoridad de aplicación específica: la Superintendencia de Riesgos del Trabajo, conocida como SRT.

La nueva legislación organizó objetivos, actores, procedimientos e instrumentos destinados a abordar de manera integral la salud y seguridad laboral.

El sistema dejó de contemplar únicamente la reparación posterior al accidente e incorporó diferentes dimensiones:

  • La prevención de los riesgos laborales.
  • La cobertura de los accidentes de trabajo y enfermedades profesionales.
  • Las prestaciones médicas y económicas.
  • La rehabilitación de las personas afectadas.
  • La recalificación profesional.
  • La reparación de los daños derivados del trabajo.
  • El control de las obligaciones de empleadores y aseguradoras.

Este cambio significó empezar a reconocer que proteger a una persona trabajadora no consiste solamente en asistirla después de un accidente. También implica identificar los peligros, evaluar los riesgos y establecer medidas para evitar que el daño ocurra.

Un sistema con responsabilidades compartidas

El funcionamiento del Sistema de Riesgos del Trabajo requiere la participación de diferentes actores: trabajadores, empleadores, Aseguradoras de Riesgos del Trabajo, profesionales, organismos de control y representantes de los distintos sectores.

Cada uno posee responsabilidades específicas, pero todos deberían compartir un objetivo común: proteger la salud y la seguridad de las personas que trabajan.

La prevención no puede sostenerse únicamente desde un escritorio ni quedar depositada en una sola persona. Necesita compromiso de la dirección, participación de los trabajadores, asesoramiento técnico, acompañamiento de las ART y controles adecuados.

Cuando alguno de estos actores no cumple su función, el sistema pierde efectividad.

Por eso, contar con legislación es indispensable, pero no suficiente. Las normas necesitan convertirse en decisiones, recursos, procedimientos y acciones concretas dentro de los establecimientos.

El lugar de los profesionales de Higiene y Seguridad

Quienes ejercemos la profesión ocupamos un lugar fundamental en la aplicación cotidiana del sistema.

Somos quienes recorremos los establecimientos, identificamos condiciones peligrosas, evaluamos los riesgos, elaboramos programas, capacitamos a los equipos y acompañamos a las organizaciones en la implementación de mejoras.

Pero nuestra tarea no debería reducirse a producir documentos o completar formularios.

Un legajo perfectamente ordenado puede ser importante, pero no evita accidentes por sí solo. Una capacitación firmada tampoco garantiza que las personas hayan comprendido cómo cuidarse. Y un procedimiento guardado en una carpeta difícilmente transforme una conducta.

Nuestro verdadero aporte aparece cuando logramos que la prevención salga del papel y se incorpore a la operación.

Eso requiere conocimiento técnico, pero también capacidad para comunicar, escuchar, negociar prioridades y adaptar las soluciones a la realidad de cada organización.

Treinta años de evolución

Desde su creación, la Superintendencia de Riesgos del Trabajo ha impulsado políticas de prevención y mecanismos de control, manteniendo el diálogo con representantes de trabajadores, empleadores y Aseguradoras de Riesgos del Trabajo.

A lo largo de estas tres décadas se desarrollaron normas, registros, protocolos, sistemas de información y herramientas destinadas a mejorar la gestión de la salud y seguridad laboral.

También se produjo un cambio cultural. Hoy resulta mucho más difícil pensar una organización sin hablar de capacitación, elementos de protección personal, evaluaciones de riesgo, mediciones, exámenes médicos o investigación de accidentes.

Esto no significa que todos los problemas estén resueltos.

Todavía existen establecimientos en los que la prevención se percibe como un gasto, una exigencia administrativa o una actividad que solamente cobra importancia ante una inspección.

El gran desafío sigue siendo lograr que la seguridad sea entendida como parte de la gestión y no como una carpeta que se abre cuando suena el timbre del inspector.

Los nuevos desafíos del mundo laboral

La transformación tecnológica también está modificando el Sistema de Riesgos del Trabajo.

La digitalización, el análisis de datos y las nuevas herramientas aplicadas a la gestión permiten mejorar los mecanismos de prevención y control. Actualmente contamos con más posibilidades para registrar información, detectar tendencias, monitorear condiciones y anticipar riesgos.

Pero la tecnología también plantea nuevas preguntas.

La automatización, el trabajo remoto, las plataformas digitales, la inteligencia artificial, la incorporación de nuevos materiales y los cambios en la organización del trabajo generan riesgos diferentes a los que existían en 1996.

A esto se suman otros temas que necesitan una atención creciente: los factores psicosociales, la salud mental, la ergonomía, el impacto del cambio climático y la capacitación frente a tecnologías que evolucionan a gran velocidad.

El sistema que nació hace 30 años deberá continuar adaptándose para responder a una realidad laboral cada vez más dinámica.

De los datos a las decisiones

Uno de los grandes desafíos del futuro será utilizar mejor la información disponible.

Registrar accidentes, enfermedades, exposiciones y condiciones de trabajo es importante. Sin embargo, acumular datos no alcanza si después no los analizamos.

La información debería ayudarnos a detectar patrones, reconocer sectores críticos, establecer prioridades y evaluar si las medidas implementadas realmente funcionan.

La prevención basada en datos puede permitirnos actuar antes. Pero para que eso suceda, los registros deben ser confiables y las organizaciones tienen que estar dispuestas a tomar decisiones a partir de ellos.

La innovación no consiste simplemente en digitalizar la misma planilla que antes completábamos en papel. Consiste en utilizar la tecnología para comprender mejor los riesgos y mejorar nuestras intervenciones.

Celebrar el camino recorrido sin dejar de mirar lo pendiente

Los 30 años del Sistema de Riesgos del Trabajo representan una oportunidad para reconocer una transformación fundamental: la prevención pasó a ocupar un lugar central dentro de la protección laboral.

Sin embargo, celebrar este aniversario también implica revisar lo que todavía falta.

Necesitamos organizaciones que no esperen un accidente para actuar, trabajadores con mayor participación, empleadores comprometidos y profesionales capaces de transformar las obligaciones legales en sistemas preventivos reales.

El próximo paso no será producir más documentación, sino lograr una prevención más inteligente, participativa y conectada con la operación.

Treinta años después, el objetivo que dio origen al sistema continúa plenamente vigente: proteger la salud y la seguridad de las personas que trabajan.

La legislación construyó un marco. Ahora, todos los actores tenemos la responsabilidad de lograr que ese marco se traduzca en ambientes laborales verdaderamente seguros.

Porque la mejor reparación siempre será aquella que nunca necesite realizarse: la del daño que logramos evitar.

Fuente consultada: Superintendencia de Riesgos del Trabajo,.

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